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El suicidio es la principal causa de muerte en Argentina: dos historias de vidas rescatadas a tiempo ponen el foco en la prevención y el acompañamiento.

Desde 2022, el suicidio lidera las causas de muerte en adolescentes en el país y en 2024, volvió a ocupar el primer lugar entre los jóvenes, desplazando a los accidentes de tránsito, según datos del Ministerio de Salud. “Hernán” y  “Florencia” estuvieron en ese lugar y decidieron contar sus experiencias para tenderle una mano a otros. Porque el suicidio sí puede prevenirse y de la idea de suicidio sí se puede salir

Si necesitás ayuda o conocés a alguien que la necesita, podés acercarte a cualquiera de los centros de salud, hospitales o efectores médicos de la ciudad o comunicarte telefónicamente y de manera gratuita al número 107, durante las 24 horas, todos los días del año. El llamado es personal, confidencial y anónimo.

El suicidio ya es la principal causa de muerte entre adolescentes y jóvenes adultos en Argentina, por encima de los accidentes de tránsito. Desde 2022 lidera las causas de muerte en personas de 15 a 24 años y, en 2024, volvió a ocupar el primer lugar entre quienes tienen entre 25 y 34 años, desplazando a los accidentes de tránsito, según datos del Ministerio de Salud analizados por Chequeado y publicados el 12 de julio pasado.

No es un fenómeno exclusivo de Argentina. Según la OPS, América es la única región del mundo donde la mortalidad por suicidio sigue aumentando. Entre los jóvenes de 10 a 24 años pasó de 5,7 a 7,8 muertes cada 100 mil habitantes entre 2000 y 2021. Se trata de un fenómeno multicausal en el que interactúan factores del orden individual, familiar, social y comunitario y que, destacan los especialistas, puede prevenirse.

Los relatos que incluimos a continuación, pertenecen a personas que alguna vez pensaron en la posibilidad de suicidarse y estuvieron cerca de hacerlo por distintas razones. Cada uno a su manera dio señales que otros vieron y no ignoraron ni subestimaron. Por eso saben ponerse en ese lugar y sienten la necesidad de hacer comunidad allí donde haya soledad y tender una mano tal como lo hicieron con ellos. 

Hernán y el trabajo como razón de ser

 

Hernán tiene 52 años y lo que va a contar, le ocurrió cuando tenía 41. No se llama Hernán en la vida real, pero elige presentarse así porque es el nombre de la persona que “lo rescató”. Aceptó compartir su historia para que sirva de ayuda a los demás, pero admite que revivir aquel tiempo, a veces, le hace “un nudo en el estómago”, aunque lleva años de terapia.

Hernán nació en una familia trabajadora, terminó la secundaria y empezó a trabajar desde muy joven. El trabajo fue el eje en torno al cual se organizaron el resto de las cosas.

También se casó joven y tuvo 2 hijos. Uno de ellos se fue a vivir a México a los 20 años; el otro (el más chico) tuvo una de las llamadas “enfermedades raras” que requirió cuidados permanentes e intervenciones quirúrgicas periódicas hasta que falleció.

A pesar de la incertidumbre por la determinación del hijo más grande de emigrar a un país donde no tenía siquiera una oferta laboral concreta, y del dolor por la precaria salud del más chico –que les insumía mucha energía– tanto él como su “compañera de vida” (así la describe) iban para adelante. Endeudados por lo que no les cubría la obra social y con poco tiempo para la vida de pareja, porque la salud de su hijo estaba por encima de todo, pero estaban juntos. Hasta que algo alteró el frágil equilibrio que los mantenía unidos.

Un día, la enfermedad de su hijo se complicó y en un par de semanas, el adolescente murió. El más grande no pudo viajar para despedirse de su hermano: “Eso fue muy doloroso para nosotros; muy difícil –dice– volvimos a la casa y vi la pieza de los chicos vacía. Creo que de ahí en adelante fue todo cuesta abajo”.

Los días en la vida de Hernán empezaron a pasar uno tras otro sin demasiado sentido. “Con mi compañera cada vez hablábamos menos. Yo empecé a tomar alcohol (algo que me ayudaba a escaparme un rato); ella, en cambio, volvió a trabajar (había dejado cuando tuvimos al más chico, que necesitaba mucha atención). A los pocos meses, después de discutir muchas veces por el tema del alcohol, me dijo que se quería separar. “Volvimos a discutir. No quiero acordarme de cómo terminaron las cosas ese día. Ella se fue del hermano y una mañana me llamó una abogada de ella para decirme que estaba haciendo el trámite de nuestro divorcio y ahí me enloquecí. Me enojé. La llamé muchas veces y no vino. Al principio me contestó, después no me atendió más. La esperaba a la salida del trabajo y fue para peor».

Lo único estable en la vida de Hernán, en aquellos días, era el trabajo, que lo seguía “ordenando”, pero un jefe lo llamó aparte para plantearle que habían notado lo del consumo de alcohol y que si no lo trataba, podía traerle riesgos para el manejo de las máquinas que manipulaba en la fábrica y hasta causarle el despido, si se repetía.

“Creo que eso era lo último que me faltaba. Me dio mucha vergüenza. Justo a mí, pasarme eso con el trabajo. Le hice caso al jefe y me tomé una licencia. Casi nunca me tomaba vacaciones porque la fábrica me dejaba trabajarlas y yo necesitaba la plata para los tratamientos de mi hijo. Siempre sentí que lo que a mí me salvaba era el trabajo y que si me esforzaba, era para darle todo a mi familia».

«La idea de la licencia era que aprovechara el tiempo para recuperarme, pero hice todo al revés. Me costaba poner voluntad. No tener que ir al trabajo me hacía sentir raro. No sabía qué hacer. Seguí tomando más, me enganché con unos de la secundaria que se habían separado también. Cuando quise volver a trabajar estaba hecho un desastre y a la larga, perdí el laburo. Desde ahí, fue como entrar a un túnel. Me quedé sin plata. Me metí en muchos quilombos y estaba muy solo. Me despertaba y no sabía qué día era y hacía cualquier cosa para volverme a dormir. No comía. Nada más tomaba y no quería más sentirme así. No lo aguantaba. Pensé varias veces en terminarlo. No sé cuánto tiempo estuve así. Y el que me rescató fue alguien que yo ni me imaginaba: mi vecino Hernán y su familia; por eso siempre voy a estar agradecido con ellos, sobre todo con él”.

Sin entrar en los detalles de qué intentó, lo cierto (y lo bueno) es que dio señales de auxilio y alguien que lo vio (el Hernán real, su vecino) decidió no mirar para el costado, hacerse cargo y acompañarlo a pedir ayuda. Eligió sostenerlo cuando recaía y dio tiempo de su tiempo para escucharlo y seguirlo de cerca. Podría haber sido un familiar, un compañero de trabajo o algún amigo quien jugara ese papel vital, pero no. Fue un vecino, con el que hasta ese momento intercambiaba nada más que saludos y alguna charla de fútbol de vez en cuando, el que puso el hombro y lo ayudó a salir del fondo del pozo anímico en el que estaba.

Hernán sigue en terapia psiquiátrica, participa de un grupo de personas alcohólicas en recuperación y encontró nuevas razones para vivir. No tiene nueva pareja por ahora, porque dice que quiere “estar bien seguro de si está listo para volver a vivir con alguien”; pero no lo descarta. El hijo emigrado a México vino un par de veces, pero volvió a irse. “Hizo su vida allá”.

Florencia y el efecto pandemia

 

Cumplió 42 años el mes pasado y es odontóloga. Tampoco se llama Florencia; es el nombre con el que elegimos presentarla, ya que pidió reserva de su identidad. Le va muy bien en su profesión; maneja su economía con solvencia. Está en pareja y no tienen hijos, de común acuerdo. Viaja y hace cosas que le gustan. Hasta acá, nada de lo que describe hace pensar que tras ese retrato de bienestar, al que cualquier persona podría aspirar, se esconde una vida que un día se volvió intolerable.

Florencia es la mayor de tres hermanos. Tiene dos hermanos varones que, según cuenta, siempre preocuparon a sus padres. Empezaron varias carreras; no terminaron ninguna y a pesar de haber superado ya los 30 años, ninguno de los dos es económicamente autónomo. Ambos “trabajan a medias” en una empresa familiar que dirige su madre. Hacen poco y nada porque saben que cuentan con protección.

La madre delegó desde siempre en Florencia el cuidado de sus hermanos. Así, mientras ella se mantiene por sus propios medios, sin ayuda familiar, “le tocó” (y ella lo aceptó desde que recuerda) el rol de “protectora” en la vida de sus hermanos.

En 2020, plena pandemia, Florencia empezó a experimentar las primeras señales de que algo no iba bien en su propia vida. Su trabajo se vio alterado por las restricciones que impuso el aislamiento y el mayor tiempo para pensar la llevó a plantearse si había elegido esa carrera por vocación propia o porque quería salir de su casa lo antes posible, con la cuestión económica resuelta, para cortar los lazos de dependencia con sus progenitores. En especial con su madre, a quien describe como alguien “muy determinante en la vida familiar”. Cuando habla de su padre, lo hace con cariño y respeto. Lo menciona como “un intelectual al que le costó hacerse valer en lo suyo” y que se resistió a ser parte de la empresa familiar liderada por su mujer, lo cual siempre generó reproches conyugales.

Y allí empezó a gestarse el malestar, en medio del covid. Con las vidas trastocadas; con la convivencia de pareja todo el día y todos los días. Con el tiempo libre que habilitó un debate vocacional hasta entonces inexistente: “Empecé a no encontrarle sentido a lo que estaba haciendo y a pensar si no era mejor cerrar todo y empezar de cero: “Algunos días pensaba en vender el consultorio y poner un negocio. Mi papá me decía que lo hiciera si me hacía feliz. Mi pareja y mi mamá me decían que era una locura, sobre todo porque mi trabajo era el que nos aportaba más ingresos, dentro de mi propia pareja. Tampoco quería trabajar en la empresa familiar».

“Un día –cuenta– entré al consultorio al que iban pocos pacientes porque todos tenían miedo al contagio al principio y sentí algo muy raro en el pecho, como si se me estrujara. No podía llorar porque el paciente estaba por llegar y aguanté hasta que terminé el trabajo. Después lloré un montón y cuando salí del consultorio y empecé a caminar para mi casa sentí un miedo raro. No sabía bien a qué. Me equivoqué de calles y estuve a punto de quedarme como paralizada a mitad de camino, sin poder llegar a mi casa”.

Algo que empezó como un episodio aislado fue cobrando peso en la vida de Florencia: “Me llené de inseguridades que antes no tenía. No me sentía eficiente en lo que hacía. Tuve una complicación con una cirugía a un paciente y eso me quitó confianza. A la sensación de miedo en la calle (que me obligaba a caminar pegada a la pared) se me sumó escalofrío en la espalda y sensación de ahogo. Vi que ya no podía manejarlo sola. Me hice controles y no tenía nada físico. Al principio fui a un psicólogo, donde empecé a analizar el posible origen de lo que me estaba pasando para tratar de calmarme; pero sentí que no funcionaba”.

Florencia comenzó a saltear comidas y a quedarse durmiendo hasta tarde (algo que, según cuenta, nunca había hecho, pero en ese momento, con la pandemia, no sentía la necesidad de cumplir horarios como antes). “Mi pareja me preparaba las comidas que me gustan, me proponía salir, planificar un viaje para cuando se pudiera salir del país y hasta llegó a avalarme con la idea de cerrar el consultorio y dejar la odontología si era eso lo que yo quería, pero llegó un punto en que todo me daba lo mismo y no podía hablar sin llorar. Ni siquiera con mis amigas. Entonces para no llorar, me quedaba callada y me iba mentalmente de todas las charlas. Mi familia venía a visitarme, hasta mis hermanos vinieron a verme y eso me llamó la atención, porque no era común que ellos vinieran o me llamaran, pero no podía concentrarme en lo que decían. Me veo en algunas fotos de esos días y tengo la mirada ausente de la escena familiar. Ni recuerdo sobre qué hablaban”.

Bajó de peso. Se negaba a salir de la habitación; pasaba el día entero en su dormitorio con la misma ropa; se acostaba vestida; se resistía a levantar las persianas y comenzó a rechazar las visitas. Dejó terapia porque sintió que no podía hablar en sesiones virtuales. “Con una voz que ni siquiera yo podía oír le pedí a mi pareja que se fuera, que no quería arruinarle la vida. Recuerdo noches enteras llorando en otra habitación para no despertarlo y la voz de mi mamá en los mensajes de audio que me mandaba, pidiéndome que ponga voluntad, diciéndome que tenía todo para ser feliz y que iba a perder a mi pareja si seguía así de abandonada. Que no sabía valorar lo que dios me había dado. Todo eso lo tengo mezclado como si fuera un solo sueño. Pasé muchos días así. Varios meses, dice mi papá, que se sentía impotente al querer ayudarme sin saber cómo”.

“En los momentos en que me quedaba sola (que cada vez eran más) pensé varias veces en decir basta. Sentía que no podía seguir viviendo así. No me detenía a analizar cómo se sentiría la gente que me quiere con esa decisión. Un día vino mi papá a casa. Se sentó en el sillón al lado mío, me abrazó y me dijo que me quería llevar a hablar con un profesional amigo que me iba a ayudar. Que no me iba a obligar, pero que si le decía que sí ya, en ese momento, esa persona nos estaba esperando. Y lo abracé y lloré mucho sin poder hablar. Y lo dejé que me llevara. Durante mucho tiempo no supe si había aceptado la ayuda por mí misma o para verlo feliz a él, porque su cara cuando me miraba era de mucha tristeza”.

Después de esa primera consulta, Florencia empezó un tratamiento psiquiátrico que le permitió explorar qué había desencadenado ese desequilibrio emocional que le costaba controlar, aún con toda la voluntad del mundo. Necesitó medicación y aunque al principio le costó aceptarlo, siguió las indicaciones.

Cuando llevaba varios meses de tratamiento y ya se sentía mejor, pensó que ya no le hacía falta la medicación. Allí surgió en ella el prejuicio de ir a un psiquiatra y el qué dirían los demás. Trató el tema en terapia y, para su sorpresa, descubrió cuántas personas reciben tratamiento para su salud mental, de la misma manera natural y con la misma seriedad con que se ocupan de la salud de su cuerpo. “¿O no es una sola la salud humana?”, se pregunta.

El suicidio sí se puede prevenir

 

Aunque uno de los mitos difundidos a lo largo de décadas afirmaba que el suicidio no podía prevenirse, está comprobado que eso no es así, y la prevención no depende únicamente de los profesionales en salud mental. “Muchas veces la sociedad salva más vidas que el profesional en el consultorio”, explicó el psiquiatra Demián Rodante, vicepresidente del Capítulo de Suicidología de Asociación de Psiquiatras de Argentina (APSA). Y agregó: “Tenemos que enseñarles a una mamá, a un compañero de escuela, a un primo o a un docente cómo mantener una conversación con alguien que está atravesando un momento de mucho sufrimiento”.

Por Claudia Bonato.

Si necesitás ayuda o conocés a alguien que la necesita, podés acercarte a cualquiera de los centros de salud, hospitales o efectores médicos de la ciudad o comunicarte telefónicamente y de manera gratuita al número 107, durante las 24 horas, todos los días del año. El llamado es personal, confidencial y anónimo.

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